Si hay algo cierto en esta vida es que todos merecemos una oportunidad. Pero también es cierto que las oportunidades hay que buscarlas y, cuando llegan, saber cazarlas al vuelo.
Yo siempre he dicho que mi vida es una vida feliz, compuesta de momentos trágicos que hacen que los pequeños rayitos de luz que de vez en cuando aparecen parezcan enormes y resistentes. Incluso llegué a pensar que, por un instante, había vivido una felicidad plena, aunque ahora puedo asegurar que fue sólo un amago.
Si alguien me mirara ahora mismo a los ojos, no sabría decir si soy la mujer más feliz del mundo o la más desgraciada. Creo que aún se me nota en los ojos aquella llantina y que mis nervios no volverán a calmarse.
MADONNA es la palabra, el nombre, la mujer que se esconde detrás de todo esto. Madonna, la mujer que más cosas me ha aportado en la vida. La única mujer que es capaz de hacerme llorar de felicidad, de emocionarme con una canción o de que, cuando ella aparece por mi camino, todo lo demás carezca de importancia.
Una vez una buena amiga mía me reprochó que "cuando aparece Madonna, ya no hay nada más en el mundo". Y así es, al fin me he dado cuenta: Es Madonna y en torno a ella gira mi vida. Es que no sé cómo explicarlo. Es un sentimiento grande, enorme. Un sentimiento que me ensancha el corazón haciendo apretarse contra las costillas y el esternón y como una burbuja me impidiera respirar bien. Sólo ella es capaz de sacar de mi todo esto. Sólo ella.
Ir a un concierto de Madonna no es sólo comprar una entrada y verla. Ver a Madonna es hacer cola, es agotarse, es ilusión durante cinco meses y es un impulso para continuar con mi vida hasta la próxima.
Y eso es lo que he estado viviendo esta última semana: Dos conciertos: Barcelona y Madrid. ¿La compañía? Los de siempre: Joselu, David, Gabi, Carlos, María, Fran, Raquel. Y algo nuevo: La ilusión de tener en mi mano la oportunidad de tenerla a pocos metros.
Después de todas las experiencias que me habían contado mis amigos (sobre todo Joselu y David) ver a Madonna desde la primera fila me parecía algo tan imposible como posible. Por un lado, aquellas experiencias me parecían tan maravillosas que me resultaba difícil de creer que pudiera llegar a vivirlas algún día. Pero por otro lado... ¿Por qué no?
Tenía en mi poder dos entradas: Barcelona y Madrid, pista A.
La primera oportunidad: Barcelona.
Barcelona fue un sueño, un auténtico sueño. Madonna estaba guapísima y muy contenta. Estuvo comunicativa, graciosa, simpática, alegre. Fue un conciertazo, el concierto que a todo fan maravillaría presenciar. Y con nosotros fue especial. Dress you up fue nuestra (Más de Joselu y David, pero nuestra al fin y al cabo). Guiños, sonrisas, un dedo que nos apuntaba, el sacarnos la lengua. Y, al final del todo, una enorme sorpresa. Y fue en este concierto donde fui consciente de la magnitud de todo esto. De lo que realmente es Madonna para mi. Y lloré. Mucho. Lloré con los ojos alegres y una sonrisa en la boca. Lloré de felicidad por primera vez en mi vida. Lloré por ella, por lo que es en mi vida, por cómo la descubrí, por acompañarme durante casi cuatro años. Por saber tan bien cómo hacerme feliz.
Pero no sólo lloraba por ella. Lloraba también por lo que había a mi alrededor. No delante, sino a mis lados. Lloraba también por ellos, porque no querría estar en un concierto de Madonna sin mis amigos. Lloraba de agradecimiento, de emoción, de alegría.
Sin ellos seguramente no la habría visto ya tres veces o no en primera fila. Pero ya no es sólo eso. Es que si estoy nerviosa, ahí está Joselu para ponerme aún más histérica, o para liarla en tuenti. Si no puedo comprar las entradas porque tengo clases, ahí está David ofreciéndose a comprar también las mías. Porque Fran no se lo pensó dos veces el venir cuando le invité a mi cumpleaños. Ellos tres, sobre todo, son los más especiales para mi. Por el trato, la afinidad, por Grannada, no lo sé. Pero se puede decir que son mi pequeña gran debilidad. Junto a ellos me siento querida, muy a gusto, mimada incluso.
Es por esto que, cuando acabó el conciertazo de Barcelona, cuando los focos del estadio volvieron a encenderse revelando al mundo las lágrimas que se escapaban por mis ojos, lo único que pude hacer fue abrazarme a Joselu y, entre sollozos de felicidad y de emoción, darle una y mil veces las gracias. También lo hice con David. Y es que no podía hacer otra cosa. Ellos, con sus ganas, sus fuerzas, sus energías, su amor por Madonna, me fueron contagiando poco a poco y ahora siento como si me hubiese quedado con un poquito de su "locura Madonniana". Y me encanta. También fueron ellos los que con su experiencia en comprar entradas me consiguieron las dos de pista A que me han conducido a tantos sueños cumplidos.
Y por eso, David, te di las gracias (ya que me preguntaste), por ayudarme tantísimo a cumplir mi sueño.
Pero en mis sollozos de alegría después del concierto de Barcelona no acaba mi historia sobre la gira. Barcelona fue sólo el principio. Al día siguiente cogí el AVE camino a Madrid, a por el segundo y, para mi, último show.
La espera y el show de Madrid los viví de una forma diferente. En Madrid conocí a muchísima gente, tanto del foro como amigos que conocía de otros sitios, aunque no en persona. Pasé un largo rato con Rakelin, que se ha convertido en otra amiga muy especial y a quien adoro. (Casi se eché a llorar cuando vi que te llevaban medio desmayada...)
El cansancio ya estaba haciendo mella en nosotros y además, cuando nos quisimos dar cuenta, estábamos ya apretados con la entrada en mano esperando para entrar. Lo cierto es que no había buen ambiente en la pista A, el agua escaseaba y hubo un par de peleas. Pero aún así, a pesar de sentir un poco de ansiedad esperando a Paul Oakenfold, a pesar de sentirme agobiada, fatigada y cansada, cuando salió Madonna todo se borró. No había dolor, no había peleas, no había sed. Y, aunque Madonna salió un poco de mala leche, aunque la pantalla de la pasarela estuviera chunga, aunque no funcionara la pantalla delantera de la mesa del DJ en Into the groove, aunque tuviera que saltar a la pasarela porque no le pusieron las escaleras, a pesar de que le vibraba el final de la pasarela en Vogue, de los fallos en el micrófono... a pesar de eso, Madonna volvió a hacerme feliz como sólo ella sabe.
Chapurreó mucho español, cosas tan suyas como "estoy caliente". A los chicos un "venga muchachos" a las chicas un "guarras" y, como no, su clásico "puta" en she's not me. No era la Madonna de Barcelona, ni mucho menos... Pero seguía siendo la gran Madonna.
Y, para mi deleite, volvió a darme la misma sorpresa al final del concierto que en Barcelona.
Mis días de gira, de colas, esperas y saltos gritando acabaron el 23, pero no mi viaje Madonnil. Me quedaba un diíta más con Fran, día que aprovechamos totalmente. Madonnicé mi vestuario con las dos camisetas de H&M y una falda a lo Nikki Finn y unos guantes muy Blame it on Rio. Paseamos por Madrid, tuvimos anécdotas un poco incómodas y muy divertidas en el albergue y, al fin y al cabo, alargamos un poco más los buenos días.
Ahora escribo desde Sevilla, de nuevo. La brevedad de esta semana me tiene ahora un poco abatida, pero, como dicen, lo bueno si breve, dos veces bueno, así que se me pasará pronto. Eso sí, pienso repetir. Con vosotros. Porque os quiero demasiado, porque me habéis dado tantísimas cosas que no sé cómo agradeceroslo. A Gabi y Carlos (por hacerme reír tanto), a María (cuídate, por dios!), Germán, Fran (never more un albergue para dos xD), Raquel (gracias por no dejarme sola durante las horas de cola y por guardarnos el sitio) y a vosotros dos, so petardos, David y Joselu, por todo. Absolutamente todo. Desde llamarme en clase un día de Febrero para decirme que han salido las fechas de España hasta esa llamada para que pueda escuchar a Madonna cantando You must love me en Zaragoza.
Todos y cada uno de los días doy gracias por haberos conocido.
Os quiere demasiado,
Helena.
Por cierto, ¿queréis saber qué sorpresas nos dio Madonna al final de los conciertos?:
Bajó del escenario y la tuvimos a menos de un metro ;).
MORDISCOS:
0

No hay comentarios:
Publicar un comentario