Desde la cena de despedida del taller de teatro, voy de mal en peor.
Todo empezó cuando mi mejor amigo empezó a hablar con mi tutora, o ex-tutora, o casi ex-tutora (ni lo sé ya...), sobre mi y mis sentimientos (o intenciones, o planes de futuro, o yo qué sé) delante de mis narices y sin yo tener derecho a réplica. Pero esto sólo me puso de mala leche. Lo que me desmontó y hundió fue lo que me dijo mi mejor amigo después, a través de privados del tuenti.
Pero la cosa no queda ahí. Ayer noche me dijeron que mi tío está muy malo. Metástasis. Por todo el cuerpo.
Y a mi se me ha caído el mundo.
Cómo no, he hecho vida normal. Me he levantado, he arreglado la casa, he ido a la autoescuela. Después he ido al instituto, a terminar de recoger el salón de actos. Y allí, subiendo, bajando cosas, guardando cacharros, subiendome descalza a la mesa para poner bien el telón... allí me he sentido... bien. Estaba totalmente sola, escuchando música, llorando.
Es que no sé como explicarlo. Estaba llorando, sí. Pero al mismo tiempo recordaba los momentos que había vivido allí. Y no sólo en el salón de actos, si no en el Martínez Montañés. Mi primera presentación, en primero de E.S.O.. Las horas de clase, las bajas de los profesores, mi primer y único amor, los suspensos, las risas, los llantos, mis primeros escritos. La primera vez que me subí a aquel escenario. Mi primer premio en un certamen literario. Amistades raras, diferentes, pero a la vez enormes, duraderas y desinteresadas.
Y apareció él, pasando lentamente hacia aquella sala que había hecho mía. Llamó mi atención dando palmas y entonces yo, sabiendo quien era, me quité los auriculares, me sequé las lágrimas y salí de detrás del telón.
Me dijo que le felicitara y que inmediatamente después se iría. Pero se quedó. Me escuchó y opinó.
Será porque es escritor, o porque es un buen amigo, pero siempre con sus palabras logra reconfortarme, hacerme sentir mejor.
Juan Andivia siempre logra sacarme una sonrisa.
Conclusión: No quiero irme. El Martínez Montañés es ya como mi casa. No quiero dejar atrás ese salón de actos que, aunque esté hecho una mierda, me recibe con un abrazo cada vez que abro su puerta y me adentro en sus rincones. No quiero separarme de las puertas verdes, no quiero dejar de ver las pintadas del patio ni olvidarme del sabor a quemado de los bocadillos de la cafetería...
Y mañana repito. Llantina mientras limpio y adecento el salón de actos, que el pobre lo pide a gritos. Y yo también.
MORDISCOS:
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