Se sentó sobre su cama y se puso a mover las piernas alante y atrás. Se colocó sus nuevas gafas con forma de corazón que compró pensando que le harían verlo todo de color de rosa y miró al frente.
Se sentía sola.
Sabía que no debía, que tenía mil amigos que se preocupaban por ella. Pero no le gustaba el verano. O por lo menos su verano.
Ella siempre había entendido el verano como una época para salir, divertirse, ver mucho a sus amigos y hacer otros nuevos, para acabar arrugada de tanta playa y tanta piscina...
En cambio, siempre estaba encerrada en su casa, se peleaba más que nunca con sus padres y aún no se había zambullido en ninguna piscina ni había saltado las olas de ninguna playa.
Del verano sólo había notado que hacía más calor.
Y para colmo aquello estropeaba su salud.
La niña se levantó de su cama, se quitó las gafas de corazón y las tiró al suelo. No funcionaban.
MORDISCOS:
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